Tengo una novia que es telefonista de una línea caliente, pero más que salirle guarradas le salen autopsias. Que si me meto los dedos por aquí, que si me retuerzo los higadillos por allá... Yo mismo, cuando me acuesto con ella, tengo la sensación de estar sobre una mesa de operaciones. Y entonces me llega el gatillazo, claro.
Lo curioso del tema es que yo, cuando me miro al espejo, aún veo un cuerpo de quince años. El mío propio. Mi problema es que en un mismo espacio físico coexisten dos yos. O dos yoes. O como se diga. Uno de quince y otro de cuarenta y tantos. Y te juro que es un verdadero incordio. Igual que los putos perros, que si no puedes cuidarlos es mejor que prescindas de ellos, aunque te cueste.
Supongo que el cuerpo es una especie de solución habitacional por la que, al pasar los años, uno se encuentra más y más deshauciado.
Sin ir más lejos, ayer, en el bus, un señor calvo y con bigote intentó aprovecharse de mi chaval de quince. Todo iba bien, si exceptuamos que mi polla de cuarenta se negó a levantarse.
No sé si será una coincidencia.
De todas formas, ¿qué hay de malo en cortejar a un adolescente? En Japón, que saben mucho de esto, es normal que un hombre de negocios se beneficie a una cría a cambio de chuches. Ella se abre de piernas y su benefactor le paga la carrera. Ojo, he dicho carrera, no corrida. Carrera universitaria, se entiende.
A mí siempre me ha costado entender que hubiese gente empeñada en perseguir el placer de los otros. Jueces, policías, pedagogos, defensores del menor... La batalla entre el hedonismo y la barbarie se está perdiendo en esta época furiosa de derechos sociales. Vivimos en la dictadura de lo políticamente correcto. Los negros ya no son negros, sino subsaharianos, los saharianos, islamistas, los catalanes, tripartitos. Por eso yo estoy dispuesto, en fin, a dejarme follar, o sea, a dejar que te follen, sí, coño, a ti, al de los quince años.
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